La ilustración científica: el arte que transformó la ciencia en el siglo XVIII
- 15 ene
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Durante el siglo XVIII, la ciencia occidental experimentó una revolución silenciosa pero decisiva: la consolidación de la ilustración científica como una herramienta fundamental para el avance del conocimiento. Este proceso se apoyó en la producción sistemática de representaciones visuales concebidas para comunicar, de forma precisa y comprensible, información sobre objetos, procesos y fenómenos naturales. Más allá de su evidente valor estético, estas imágenes se transformaron en auténticos puentes entre la observación empírica, la explicación teórica y la divulgación del saber científico.
Antes del llamado siglo de las Luces, los textos científicos dependían casi exclusivamente de la palabra escrita. Sin embargo, el creciente grado de complejidad de los descubrimientos en campos como la botánica, la zoología, la anatomía o la geología hizo evidente la necesidad de nuevos modos de transmisión del conocimiento. En este contexto, las ilustraciones permitieron mostrar con claridad detalles anatómicos, estructuras vegetales y animales, así como fenómenos naturales que resultaban difíciles de describir únicamente mediante el lenguaje verbal. Gracias a ello, el acceso al conocimiento científico se amplió considerablemente: los libros ilustrados se volvieron más comprensibles y atractivos, permitiendo que estudiantes, aficionados y especialistas compartieran ideas sin depender exclusivamente de la interpretación textual.
Estudio botánico de un helecho de Jamaica, por Charles Plumier, publicado en Traité des Fougères de L’Amérique (1705).

Fuente: Brian J. Ford, “Scientific Illustration in the Eighteenth Century”. (2008, pág. 567)
Brian J. Ford, en su estudio “Scientific Illustration in the eighteenth century” (2008) señala que el surgimiento de la ilustración científica respondió a motivos complejos y diversos. Aunque la necesidad de representar una realidad objetiva suele considerarse prioritaria, Ford advierte que no debe entenderse como el único impulso detrás de estas imágenes. Existen, además, factores culturales y cognitivos que influyen en el acto de representar: las ideas preconcebidas que guían el trabajo de muchos ilustradores, el deseo de proyectar realidades conocidas sobre conceptos aún incipientes —lo que puede derivar en distorsiones— o el propio proceso de traducir el sutil realismo de la naturaleza a la línea del grabador, quien inevitablemente impone sus restricciones técnicas y convenciones visuales (Ford, 2008, pág. 561).
Lo anterior pone de relieve en un principio general del arte que, de acuerdo con Ford, suele pasar inadvertido: cada época produce y valida sus propias realidades arbitrarias. De ahí que resulte más sencillo vincular una imagen especifica a su contexto histórico que a la identidad particular de su autor. En este sentido, la ilustración científica refleja tanto las preocupaciones intelectuales como los prejuicios de su tiempo, lo que invita a comprenderla más allá de su función didáctica. Muchas de estas imágenes, de hecho, “crean, y luego perpetúan, iconos que trascienden la realidad y proporcionan una convención sintetizada que se transmite de una generación de libros a la siguiente” (Ford, 2008, pág. 561), con el consiguiente riesgo de que terminen convertidas en meros elementos decorativos, incapaces de revelar la complejidad del mundo natural.
Para los ilustradores naturalistas del siglo XVIII, ávidos de capturar imágenes científicas, el objetivo declarado era alcanzar una cierta noción de "realismo". Sin embargo, como subraya Ford, las interpretaciones culturales de este concepto variaban considerablemente. Mientras que las convenciones europeas privilegiaban la exactitud de las proporciones, el número de escamas o la alineación precisa de los pétalos, otras tradiciones visuales —como las orientales— optaban por una representación menos estricta en términos de precisión absoluta, pero dotada de mayor estilización y elegancia. Un ilustrador japonés, al observar una imagen de una enciclopedia occidental de ictiología, comentó con ironía: "Sí, pero no me resulta apetecible" (Ford, 2008, pág. 562). La capacidad de representar un realismo sutil y tridimensional sobre una superficie plana, mediante líneas y franjas de color, fue el resultado de un largo proceso de maduración técnica y conceptual. Cada nueva convención visual imponía sus propios términos de referencia a las generaciones siguientes, que nutrían, perfeccionaban y refinaban el paradigma para su público contemporáneo.
Grabado en madera de la planta Crinum, publicado por Olof Rundbeck en Campi Elysii (1701).

Ejemplo de grabado en madera de principios del siglo XVIII. La transición hacia el grabado en cobre permitió mayor realismo y detalle en las ilustraciones científicas. Fuente: Brian J. Ford, “Scientific Illustration in the Eighteenth Century”. (2008, pág. 569)
En los albores del siglo XVIII, nuevas corrientes filosóficas impulsaron una profunda renovación intelectual. Pensadores y científicos como Locke, Spinoza, Leeuwenhoek, Leibniz, Descartes y Newton difundían sus ideas y descubrimientos de manera incesante, transformando radicalmente la comprensión de la razón, la ciencia y la naturaleza. En este contexto, las técnicas de representación gráfica “comenzaron a comprenderse mejor, y las convenciones aceptadas podían aplicarse a la vasta gama de la filosofía natural. Tras siglos de fabricación aleatoria de bloques y dibujos esencialmente rudimentarios, surgió repentinamente una era de ilustración científica representativa” (Ford, 2008, pág. 562). El siglo XVIII fue, así, testigo de la creación de convenciones visuales que aún hoy siguen vigentes: la representación precisa de especies, la anatomía comparada o los diagramas de experimentos químicos. Estas convenciones no solo facilitaron la estandarización de la comunicación científica, sino que también contribuyeron a reducir errores y malentendidos, permitiendo que el conocimiento cruzara fronteras lingüísticas y culturales. Naturalistas, exploradores y artistas colaboraron estrechamente para documentar especies y fenómenos de distintas regiones del mundo. Las obras de Maria Sibylle Merian, Carl Linnaeus o Pierre-Joseph Redouté no solo registraron la biodiversidad, sino que también inspiraron a nuevas generaciones de científicos y artistas.
Ilustración anatómica del esqueleto de un caballo, por George Stubbs, en The Anatomy of the Horse (1776).

George Stubbs revolucionó la ilustración anatómica con estudios detallados y precisos, resultado de la observación directa y la disección. Fuente: Brian J. Ford, “Scientific Illustration in the Eighteenth Century”. (2008, pág. 577)
En América, la ilustración científica desempeñó un papel fundamental en la documentación de la flora, la fauna y los fenómenos naturales del continente. Durante el siglo XVIII, naturalistas y exploradores como Charles Plumier (Pelayo López, 1992) y Mark Catesby (Ford, 2008), recorrieron extensos territorios y elaboraron imágenes que permitieron a Europa conocer la riqueza natural americana. Asimismo, las expediciones de Louis Feuillée (1707-1711) y de Hipólito Ruiz y José Pavón (1777-1788) contribuyeron de manera decisiva al desarrollo de la ilustración botánica, registrando especies como el copihue, la puya y el quillay (Burdick & Toledo, 2021).
Como puede apreciarse, la ilustración figurativa se convirtió en un sello distintivo de los libros de referencia del siglo XVIII, prolongando la tradición del realismo inspirador gestada en siglos anteriores. La ilustración científica no fue únicamente una herramienta técnica, sino también una forma de arte que encarnó la curiosidad, el rigor y la creatividad de su tiempo. En la actualidad, en plena era digital, seguimos dependiendo de las imágenes para comprender y comunicar la ciencia. Reconocer el valor histórico de la ilustración científica permite apreciar el poder de la imagen como vehículo de conocimiento, capaz de transmitir saberes a través de generaciones y territorios.
Desde los tratados coloniales conservados en archivos y bibliotecas hasta los proyectos digitales colaborativos contemporáneos, la imagen continúa siendo un puente entre la observación, la investigación y la comprensión de nuestro entorno. En esta misma línea se inscriben investigaciones recientes sobre la historia de la ciencia y la filosofía en Chile, como el proyecto IOJCR “… in obsequium juventutis Regni Chilensis: escolasticismo, eclecticismo ilustrado y modernidad en la enseñanza de la filosofía natural en Chile hacia finales de la era colonial (1764 – 1807)”, los estudios sobre el quehacer filosófico de Manuel Antonio Talavera, activo en Chile hacia finales del XVIII (Aravena Zamora & Cordero Morales, 2022; Aravena Zamora, 2020), o iniciativas de digitalización y divulgación como Ex Umbra in Solem, que integran la ilustración y la visualización como herramientas para acercar la ciencia a la comunidad, fomentar el pensamiento crítico y despertar la la curiosidad científica, especialmente entre jóvenes y estudiantes.
Bibliografía
Burdick, C., & Toledo, E. M. (2021). Entre ciencia y comercio imperial: Ilustraciones botánicas de plantas endémicas de Chile del siglo XVIIIi. HISTORIA 396, 11(Especial), 105 - 142. https://historia396.cl/index.php/historia396/article/view/522
Ford, B. J. (2008). Scientific Illustration in the Eighteenth Century. En R. Porter, & (Ed), The Cambridge History Of Sciece (Vols. 4 Eihhteenth - Century Science, págs. 561 - 583). Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press.
Pelayo López, F. (1992). La historia natural de la Antillas en el siglo XVII: la obra de Charles Plumier (1646-1704). Anuario del Archivo Histórico Insular de Fuerteventura(5), 179 - 200. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2233813
Aravena Zamora, A., & Cordero Morales, F. (2022). Manuel Antonio Talavera, un filósofo de la naturaleza en chile colonial. Extracto de las lecciones De Corporibus Coelestibus dictadas a los estudiantes del Real Convictorio Carolino (1792). Revista Española de Filosofía Medieval, 111-142. https://doi.org/10.21071/refime.v29i2.15166
Aravena Zamora, A. (2020). La enseñanza de la filosofía natural en la última época colonial chilena: el Tratado acerca de los elementos y las Instituciones de física de Manuel Antonio Talavera. Revista Española De Filosofía Medieval, 26(2), 93–116. https://doi.org/https://doi.org/10.21071/refime.v26i2.12654
Aravena Zamora, A. (2019). Una contribución al corpus filosófico colonial chileno: Los cursos de animástica. Atenea(519), 11 - 29. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622019000100011
Marcelo Sánchez Abarca
Doctor (c) en Literatura
Mg. en Historia y Filosofía




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